Las llaves

[…] Las miradas no vacilaron. Atentos los dos, a nuestros gestos, a nuestros labios, a nuestros ojos, a nuestras palabras (monosílabos heridos en las atalayas que flanquean nuestra dignidad)… barajando posibilidades, expectativas, cambios notables, ademanes familiares o algún nuevo detalle imperceptible hasta entonces.

Y me devuelves las llaves de casa. Y los cumplidos cierran las puertas.

Francisco J. Palomero Fdez.

 

Los abismos

IMG_20170528_204946077.jpgLas piedras de hielo de esta copa de ron dorado canario se derriten rápidamente, no importa el estado en el que se encuentren (en el ron o en el cenicero de barro repleto de colillas), y unas banderas desteñidas marcan un baile metódico a unos metros de mí.

Tras las banderas, un hotel de fachada de pizarra que parece más un búnker esperando un bombardeo. Lo reprueban las banderas y las piedras de hielo.

Tras el hotel, el mar aparentemente en calma, aunque quién sabe las batallas que se lidian en su fondo preciosísimo.

Y sobre el mar… Cielo y nubes, mares de nubes que ocultan realidades cercanas y ajenas, abismos infinitos que nunca conoceré aunque sé que existen.

Abismos que me rodean.

Abismos que trato de ignorar creando nuevos abismos. Y cuando los artificiales me superan o me eclipsan, recuerdo que existen aquéllos fuera de mi alcance y así, puedo ser más humano.

Y me perdono.

Francisco J. Palomero Fdez.

Llevaba unos días…

Llevaba unos días adquiriendo conciencia del cambio climático, de las escasas nubes que paseaban altas por el marco de la esfera azul, del trasiego de turistas del país -los noruegos habían desaparecido-.

Llevaba unos días viendo como las horas de la madrugada en los cajones del mueble bar acechaban silenciosas, ocupando espacio y tiempo al instante.

Llevaba unos días inmerso en una isla oceánica.

Quizás diez años.

Francisco José Palomero Fernández

 

Cecilia (fragmento)

cropped-cropped-sdc10497.jpg[…]  La llamé. Abrí la puerta con mucho cuidado. Estaba de cuclillas en el suelo, con la cabeza metida en el váter. Aunque hoy me hubiera asustado, no me asusté entonces. El vestido y la ropa interior estaban en el suelo. Las joyas las había dejado en el lavabo, junto a la concha donde poníamos la pastilla de jabón. Cogí todo lo que mi padre me había pedido para curar a mi hermano. Mamá respiraba fuertemente, parecía cansada, fatigada. Salí del cuarto de baño, y torné la puerta. Ya había dado unos pasos, cuando oí que se volvía a abrir la puerta. Pensé mirar atrás pero preferí salir corriendo.

Francisco José Palomero Fernández

LA ORNITOFOBIA

Siempre quiso volar.

Con los brazos y las piernas ligeramente flexionadas. ¡Nada de pico ni plumas!  La ornitofobia impedía seguir soñando con una posible mutación.

Algún trauma infantil en la cotidiana vida de un pueblo de Córdoba tendría la culpa. Seguramente un gallo estúpido y engreído de un corral. Culpa inocente, seguramente, pero culpa al fin y al cabo que fraguó para siempre el terror. Nunca deseó ser ave. Ni siquiera se lo imaginó.

No todos deseamos lo mismo, aunque pueda resultar increíble.

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Francisco J. Palomero Fdez.